Lo que más impresionó de la
película Los imperdonables (Unforgiven, 1992) es que en ella Clint Eastwood, a
diferencia de cómo se comportaba en los westerns que lo hicieron famoso, hacía
una reflexión sobre la violencia y lo que significaba quitarle la vida a una
persona.
“Es una cosa infernal matar a un
hombre; le quitas todo lo que tuvo y todo lo que podría llegar a tener”, dice
Will Munny (Eastwood) cerca del final del film. No hay heroísmo ni redención,
sólo una condena brutal a la banalización de la violencia.
La anécdota viene a cuento cuando
se contempla que la forma de entretenimiento que genera más ingresos es la de
los videojuegos. Y uno de ellos destaca como más exitoso que los demás. Es el
caso de la franquicia Call of Duty.
Su último título, Call of Duty: Modern
Warfare 3, lanzado el 8 de noviembre de 2011, produjo ingresos de 775
millones de dólares en sus primeros cinco días de venta. Eso es lo que produjo Cars 2 a nivel mundial durante todo un
año en las salas de cine, por ejemplo.
El fenómeno de Call of Duty es impresionante: sus
ganancias ascienden a 3 billones de dólares, aportadas por las distintas
versiones del videojuego, que van desde las clásicas, ambientadas en la Segunda
Guerra Mundial, pasando por la serie Black
Ops (situada en la Guerra Fría, es de las más polémicas) y la serie Modern Warfare, que sucede en la
actualidad. Call of Duty encaja
dentro de los juegos de disparos en primera persona (llamados first person shooter) y destaca por la
crudeza de sus escenas violentas. Quizás no nos haga violentos, pero los
videojuegos de disparos en primera persona insensibilizan hacia el hecho triste
y definitivo de que una persona muera por un arma de fuego, que le quita todo
lo que tuvo y todo lo que podría haber llegado a tener.
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