No sé cuánto daño cerebral me he causado voluntariamente desde entonces,
pero sí que ha sido demasiado y poco efectivo. Siempre olvidé a la chica, no lo
que me hizo. Y yo era de los que creía que cuando se trata de olvidar, lo que
se quiere es hacerlo por completo para no acumular cicatrices sin nombre, que
no por carecer de culpables identificados, se lamentan menos. Ya sabes, como
esos misteriosos moretones que si bien no sabes de dónde han salido, no puedes
negar cuánto duelen.
Hace un buen tiempo leí en la revista Wired
que andaban desarrollando una droga
que controla el químico que forma los recuerdos y puede borrarlos. Ese y otros
artículos. Para entonces ya había sido probado en ratas, pero drogas similares
siempre se han estado usando en soldados con estrés post-traumático y se
asegura que no pasará mucho antes de que finalmente los recuerdos sean
farmacéuticamente controlables, de la misma forma que lo son los estados de
ánimo.
Ray Loriga publicó en 1999 la novela Tokyo
ya no nos quiere. En ella cuenta la historia de un vendedor que recorre el
mundo ofreciendo el último milagro de la industria farmacológica: una droga
capaz de borrar la memoria. Desgraciadamente comete el máximo error de su
profesión y usa su propio producto, lo que le obliga a vivir en un universo
efímero donde mucha gente le conoce y él no recuerda a nadie. Es un libro
maravilloso, pero más que eso un honesto intento de contar un relato contra la
memoria que explora la tiranía implacable de las emociones, esas que no pueden
borrarse.
El libro me sirve para llegar a donde quiero llegar. Que ahí va la ciencia,
rauda y veloz, buscando ayudarnos a olvidar. Y que ahora que tengo la panacea
tan cerca, ya no la deseo tanto. Como si a mis 33 años prefiriera recordar lo
que siento y por qué lo siento, que todas mis sonrisas del futuro signifiquen
lo que significan por estar después de alguna tristeza y que todo debe doler lo
que tiene que doler.
Sí, eso que nos hace humanos lo aprendí la última vez que me rompieron el
corazón. Nada nuevo. Lo había visto años antes en esa película de título
extraño que está entre mis cintas favoritas: The Eternal Sunshine Of The Spotless Mind y también lo había visto
por ahí, en una frase del primer libro de un escritor poco afortunado que
conozco muy bien, aunque las pocas veces que acierta siento que lo conozco
menos.
“Olvidar es la mejor manera de recordar a alguien”, había escrito. Y aunque
no recuerde su nombre, no olvido lo mucho que estaba en lo cierto.