Se
grababa a él mismo con una cámara fija cuando subía el video a la computadora y
luego subía este otro video al día siguiente, porque si no, corría el riesgo de
terminar en un loop infinito de él
subiendo videos a la computadora, cosa que no tendría sentido. Aunque tampoco
es que tuviese mucho sentido pasarse la vida grabando videos suyos que jamás
tendría tiempo de ver.
El
argumento, idea de un escritor español amigo mío, me recordó un cuento corto
que escribí hace diez años mientras vivía en Madrid y en el que un chamo
resolvía escribir su autobiografía en tiempo real. Escribía que estaba
escribiendo y al poco tiempo se da cuenta de que el rigor con el que lleva su
proyecto le impide que tenga algo interesante que contar, salvo, si acaso, las
múltiples formas que se le van ocurriendo para tratar de salirse del problema
en el que se metió cuando tuvo la idea de escribir la autobiografía más precisa
e inmediata del mundo.
No
contaré cómo termina el cuento, pero lo saco a relucir por lo mucho que se
parece a lo que pasa ahora mismo. La tecnología nos ha hecho evolucionar a esta
especie de zombies con verborrea que vamos por la vida contando, opinando y
juzgando, pese a que nada garantice la verosimilitud de lo que andamos
diciendo.
A mi
modo de ver, sí, se está escribiendo una biografía colectiva, pero tan ficticia
como un político decente. Eso no tiene nada de malo. Sólo es gente dando su
aporte a ese universo paralelo de mentiras hinchadas y patas más largas.
Generas,
te mandan o te encuentras una foto, un video, una canción, una frase, cualquier
cosa que te revuelva algo por dentro y lo compartes con el mundo entero,
después de que tu cabeza lo hace único en algún contexto. Y ese acto tan
personal transforma todo en una declaración de principios que pareciera decirle a los demás quién eres
realmente, cuando ni tú mismo lo sabes. La verdad es que siempre nos hemos
ocupado de decir lo que queremos que sea omitiendo lo que realmente es:
deseamos ser menos imbéciles que el otro. Eso es todo.
Todavía
no entiendo cómo, si sólo vemos pedacitos editados y cuidadosamente escogidos
de la vida de alguien, seguimos creyendo que nos estamos diciendo la verdad. Está
claro que ninguna evolución puede hacer que le perdamos respeto a las mentiras
cuando ya están escritas.
Quizás
es que con todo lo que avancemos en cuanto a la inmediatez y a las formas que
tenemos para decir lo que sea cuando nos dé la gana, más que dejar de ser
imbéciles, seremos imbéciles más inmediatamente.