Astrid Carolina Herrera, Miss Mundo 1984; Hilda Abrahamz, quien figuró entre las 15 semifinalistas de ese
certamen en 1990; y Carolina Perpetuo,
candidata al Miss Venezuela 1986 (año en que de allí salieron también otras
luminarias del espectáculo, entre ellas Catherine Fulop, Maite Delgado y Raquel
Lares), despliegan todos sus recursos histriónicos en la chispeante comedia que
Mariela Romero estrenara en el Nuevo
Grupo en 1988 y que desde el año pasado, en una nueva adaptación, se ha
convertido en un éxito de taquilla, tanto en el Teatro Trasnocho, en el cual comenzó
sus funciones, hasta en la sala en donde ahora se exhibe hasta el 27 de abril.
A estas tres excelentes actrices
las acompañan también dos probados histriones, como lo son Marisol Matheus y Alejandro
Corona, para completar un elenco que se caracteriza por la calidad
interpretativa de todos y cada uno de sus integrantes. Es la segunda vez que
vemos esta nueva adaptación y la disfrutamos tanto como en su debut en el
Trasnocho Cultural, cuando en el reparto también figuraban Dora Mazzone (sustituida por Hilda Abrahamz) y Caridad Canelón (reemplazada por Astrid Carolina Herrera). Bajo la
impecable dirección de Tullio Cavalli,
con producción del mismo Cavalli y Rolando
Padilla, a la pieza se le han agregado algunos cambios, que la han
beneficiado en términos de ritmo escénico y de hilaridad.
Esperando al italiano es una de esas obras que nos hacen pasar un
buen rato por las situaciones inusitadas y divertidas que allí ocurren. Narra las peripecias de tres
entrañables amigas cincuentonas (Perpetuo,
Abrahamz y Herrera), que deciden hacer una cooperativa para traer a un
italiano que durante tres fines de semana (uno para cada una), les prestará
servicios sexuales. El día de la llegada del italiano, un sábado por la tarde,
las amigas se reúnen en una desenfadada celebración para esperarlo. Acompañadas
por un particular amigo, Juan José (Corona)
y una intrépida mucama (Matheus),
las mujeres, entre cantos, nostalgias y recuerdos, convierten su pequeña fiesta
en una oportunidad para repasar las historias de sus vidas, todas con algunos
episodios no tan risueños, diríamos que muy dramáticos, resueltos espléndidamente
por las protagonistas.
Pero estas escenas donde
prevalece el drama no constituyen el fuerte de la obra de Mariela Romero (ambientada en esta ocasión en los años 80, y no en
los 50, como la pieza original), sino el tono de comedia que utiliza la autora,
que constituye un marco más que adecuado para que las tres mujeres rememoren
sus años mozos en la Venezuela perezjimenista, donde las fiestas de Carnaval
eran la mayor diversión, el bolero dominaba en la radio y el dólar no llegaba a
los 4,30 bolívares.
En fin, que se trata de uno de
esos espectáculos recomendables sin ninguna reserva. Todavía tienen tiempo de
verlo, pues el telón baja el 27 de abril.
Desaciertos del Oscar
La próxima gala de los premios Oscar,
la número 84, concentra la atención de los cinéfilos, por ser el galardón más
popular de la industria del cine, el de mayor proyección internacional.
Históricamente, ha sido motivo de desaciertos, errores y omisiones, que con el
tiempo, analizándolos fríamente y en retrospectiva, resultan mucho más
notorios. He aquí algunos de ellos:
Todavía asombra que Contacto en Francia, de William Friedkin, un buen policial, pero tampoco nada del otro
mundo, le haya arrebatado la estatuilla a un filme, hoy considerado un clásico,
como La naranja mecánica, de Stanley Kubrick.
¿Y qué decir de la decisión de privilegiar con el Oscar a El golpe, la intrascendente comedia de George
Roy Hill, con Paul Newman y Robert
Redford, por encima nada menos que de Gritos y Susurros, una
de las obras maestras de Ingmar Bergman?
Insólito: en
1971, Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, no mereció ni
siquiera una nominación.
Cuando
aparecieron el Cinemascope y la
pantalla panorámica, los votantes de la Academia quedaron tan extasiados, que
premiaron a superproducciones como Ben Hur, My Fair Lady y La novicia rebelde, desplazando
a títulos hoy tan consagrados como Dr. Insólito, Beckett y Zorba, el Griego.
¿Y el
exabrupto de galardonar en 1976 a Rocky como mejor película y mejor
director (John G. Avildsen),
compitiendo contra Todos los hombres del Presidente (Alan
J. Pakula) y Taxi Driver (Martin Scorsese)?
Kramer vs
Kramer, un melodrama
plañidero con Dustin Hoffman y Meryl
Streep, exacerbó la sensiblería de los votantes de la Academia en 1979, pues
triunfó sobre otras producciones de la categoría y solidez de All that jazz,
de Bob Fosse; Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola y Norma Rae, de Martin Ritt.
Era evidente que entonces preferían evadir los conflictos políticos y sociales
que marcaban a la sociedad de la época, premiando a los menos problemáticos
conflictos familiares.
Charles Chaplin, Greta Garbo, Cary Grant,
Glenn Close, Peter O’Toole, Marilyn Monroe, Richard Burton y Alfred
Hitchcock, entre otros, nunca ganaron una estatuilla, que merecían por algunos de sus filmes. En
1940, cuando Rebeca ganó como mejor película, su director, Alfred
Hitchcock, fue ignorado
olímpicamente, aunque por lo menos, se lo dieron a John Ford por
Viñas de Ira.
Clásicos del
cine que el Oscar pasó por alto: El
ciudadano Kane (Orson Welles), Senderos de gloria (Stanley Kubrick), El tercer
hombre (Carol Reed), Centauros del desierto (John Ford) y El Toro
Salvaje (Martin Scorsese). Sin
comentarios.
Particularmente injusto resultó el Oscar de
1980 para Gente como uno, melodrama
que marcó el debut de Robert Redford
como director, desplazando a El Toro Salvaje,
de Scorsese. Un desaguisado para la
historia.
La misma injusticia se cometió con Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, dejada de lado por Forrest Gump, de Robert
Zemeckis.
Los 75 de Jack Nicholson
Es una de las luminarias más
interesantes de Hollywood. Irreverente, fanfarrón, mujeriego y, por encima de
todo -o quizás como consecuencia de ello- un notable actor, el más destacado y
talentoso de su generación, lo cual es decir mucho, tomando en cuenta que entre
sus contemporáneos figuran nombres tan fundamentales en la industria del cine
norteamericano, como Al Pacino, Robert
de Niro, Dustin Hoffman y Warren
Beatty, por sólo mencionar algunos. Por supuesto que hablamos de Jack Nicholson, quien el próximo mes de
abril llegará a los 75 años de edad más activo y vigente que nunca.
“Quiero seguir mucho tiempo más frente a las cámaras”,
respondió a un periodista sin inmutarse. Y es que en el caso de un actor de su
estatura, nunca se es demasiado viejo para el cine.
Su vida ha sido
también lo más parecido a una trama cinematográfica. A los 37 años se enteró de que su
supuesta madre -con la cual creció en Nueva Jersey- en realidad era su abuela,
y que su hermana mayor, June, era su verdadera progenitora, quien lo tuvo a los
16 años y lo dejó al cuidado de la abuela.
Cuando se
reveló la verdad, ambas mujeres habían muerto y Nicholson no quiso conocer a su padre. “La gente no puede entender que
este engaño no me indignó”, comentó en una ocasión. “¿Pero por qué debería
enojarme por algo que funcionó?”.
Este tema
marcó, sin embargo, su experiencia con el sexo femenino. Tiene cinco hijos con
cuatro mujeres. Sólo estuvo casado una sola vez, entre 1962 y 1968, con la
actriz Sandra Knight. Con Anjelica Huston, hija del director
estadounidense John Huston, mantuvo
una tormentosa y cambiante relación durante 13 años. Pero todo se vino a pique
cuando embarazó a la mejor amiga de su hija Jennifer, la modelo Rebecca Broussard.
Con el paso del tiempo, las mujeres se volvieron cada
vez más jóvenes y sus afirmaciones más subidas de tono. “Sólo tomo Viagra
cuando estoy con más de una mujer”. O “Me tiré a todas las mujeres, probé todas
las drogas y tomé todos los tragos”.
Así es este muy particular
actor, que obtuvo el primero de sus tres Oscar como el interno de un psiquiátrico en Atrapado sin salida (1975). Pero llegar
a la cima no le resultó fácil. Previamente hizo varios trabajos en el cine
Clase B, la mayoría de ellos con el director Roger Corman, hasta que comenzó a granjearse un renombre a raíz de
su interpretación del abogado alcohólico George
Hanson en la cinta de culto Easy Rider (1969). Desde entonces, su
diabólica sonrisa, su frío sarcasmo y su increíble encanto se convirtieron en
una marca; esto, sin olvidar sus lentes de sol. “Con ellos soy Jack Nicholson;
sin ellos, soy gordo y tengo 75 años”.
Como bien lo
expresó en una ocasión el diario argentino Clarín,
cada uno de nosotros tiene “un recuerdo, una imagen que le brotará cuando le
nombren a Jack Nicholson. Podrá ser
McMurphy, el hombre cuerdo encerrado en el manicomio de Atrapado sin salida,
la sonrisa de El Guasón, de Batman, el guardián del hotel que,
hacha en mano, acosa a su esposa e hijito en El resplandor. O el
maniático de Mejor... imposible, el amante irrefrenable junto a Jessica Lange en El cartero llama dos veces,
el asesino a sueldo de El honor de los Prizzi, o el
detective de la nariz cortada de Chinatown”.
Las 12 nominaciones al premio de la Academia y los
tres Oscar (por Atrapado sin salida, La
fuerza del cariño y Mejor…imposible)
que han refrendado su talento fuera de serie, lo colocan en el Olimpo de las
grandes figuras del séptimo arte de todos los tiempos. ¿Cómo no celebrar
entonces los 75 años de quien, lúcido y joven de espíritu como es, se propone
continuar brindándonos lo mejor de su arte, ojalá que por muchísimos años más?