Craig Lewis, de 55 años,
estaba muriendo de una afección cardiaca la cual le provocaba la acumulación de
unas proteínas anormales que le obstruían los órganos haciendo inevitable que
dejaran de funcionar. A medida que pasaba el tiempo, Lewis fue empeorando hasta
que los médicos le dijeron que sólo le quedaban doce horas de vida.
Billy Cohn y Bud Frazier, dos
médicos del Instituto del Corazón en Texas, propusieron una solución nueva y
revolucionaria: sustituír su corazón con un dispositivo similar a una turbina
con rotores giratorios que en lugar de latir como un corazón genera algo así
como un “flujo continuo”, de la misma manera que una manguera de jardín.
Si colocas un estetoscopio en
el pecho de Craig Lewis no escucharás un latido. Si examinas sus arterias, tampoco encontrarás
pulso. Los electrocardiogramas no leen ningún tipo de actividad. Pero incluso
así, un día después de la operación, el paciente se había levantado y había
comenzado a hablar con los médicos. Craig Lewis no tiene corazón ni pulso, pero
está vivo.
Un cortometraje llamado “Heart
Stop Beating” de Jeremiah Zagar documenta el proceso de los doctores, quienes
cortaron de raíz el corazón de 50 terneros y los reemplazaron con estas bombas
centrífugas que finalmente salvaron la vida de un ser humano. Después de la
operación, con una máquina suplantando su corazón, la sangre seguiría bombeando
a través de su cuerpo, sustituyendo los latidos por una suerte de zumbido seco
que en otras circunstancias serían la señal médica de que la persona está
muerta.
Encontré esta historia hace un
par de semanas. El primer impulso fue escribir un cuento. El argumento era que dentro
de unos 50 años le habrían aplicado el mismo procedimiento médico a toda la
raza humana. De repente, todos quedaríamos literalmente “descorazonados” y con
nuestro pulso se irían también cosas como el amor y la tristeza. Al principio
quise que se fueran completamente. Luego me pareció genial si una versión artificial de estos
sentimientos se contrabandeara como periféricos de quita y pon. La alegría y
las mariposas en el estómago serían las más costosas y solicitadas. Y podríamos
matar a alguien conectándole la desesperación que acompaña los olvidos, si la
compráramos en el mercado negro.
“Aquel día algo le dolía en el
pecho, algo como lo que queda cuando te dicen que no quieren volver a verte.
Sin embargo, sabía que sentir eso era imposible. Porque no se puede extrañar lo
que nunca has tenido”, comencé a escribir.
Y por un instante creí
escuchar un zumbido donde antes había el latido de un corazón.